LGBT sin la T

-Discriminación dentro la discriminación-

3 notes

Excelente crónica que describe la situación de la población T en Bogotá

Entre Reinas y Mártires

Por: Felipe Navarro Lux


Llegar a la localidad de los Mártires, en el Distrito Capital, es como llegar a una ciudad alterna. A simple vista todo parece igual, pero es cuestión de abrir bien los ojos para darse cuenta de que nada es lo mismo. Es un lugar habitado por apariencias, por largas piernas masculinas depiladas y cubiertas por finas medias veladas, por caras afeitadas que son adornadas con exóticos maquillajes y por voces varoniles matizadas hasta llegar a ser el más delicado suspiro de dama. Es una tierra que encierra a reinas y mártires. Sí, eso es lo que son, travestis, personas nacidas bajo el sexo masculino, que identifican su género como femenino y toman la valiente decisión de expresarlo como tal, convirtiéndose, por lo menos en sus imaginarios, en reinas de belleza. Pero no se engañen: estas templadas mujeres no tienen nada fácil. Mostrar lo que sienten, lo que verdaderamente son, las ha vuelto mártires de una causa y les ha entregado un legado de dolor y de discriminación.

A las tres de la tarde, las calles de esta localidad se ven tranquilas y completamente normales. El sol brilla con intensidad, como en todas partes. La gente se pasea de arriba a abajo, con una parsimonia casi propia de los pueblos. Cada quien anda en lo suyo. En ninguna parte se hace evidente que la zona es una de tolerancia de prostitución. Sobre la calle 22, justo al lado de ‘Mayerly’, el puesto de pollos de la cuadra, se encuentra la casa de Paloma, una travesti cincuentona, de no más de 1.55 que está pasada de kilos. La vida ya no le deja ejercer la profesión más antigua del mundo. El tiempo ha pasado y sus carnes ya no son atractivas para los clientes, pero ella se encarga de administrarle la carrera a otras tres jóvenes travestis prostitutas: Lulú, Lizeth y Paula Andrea. Las cuatro viven y trabajan juntas, repartidas en los dos pequeños espacios que tiene su humilde hogar. Paloma es como la madre de las tres muchachitas que no pasan de los 24 años. Las jóvenes son como hermanas, y aunque en esta morada no haya vínculos de sangre, ya que biológicamente nada las ata, por la lealtad y el cariño que se profesan, conviven como una familia. Es así como se reconocen.

Casas como estas hay muchas en los Mártires. Por más de 15 cuadras a la redonda hay decenas de residencias iguales a la de Paloma que albergan a más de una centena de travestis. Algunas de ellas son más grandes, tienen más prostitutas o cuentan con más recursos. Aun así, en el fondo son todas lo mismo, cuentan con un denominador común. Cada uno de estos hogares es liderado por una matriarca que se encarga de su propio rebaño, y este rebaño cohabita en hermandad. Dentro de esta localidad todas las travestis son aceptadas, no las miran con odio ni son bichos raros. Ahí se les ve como mujeres comunes. Es normal que Paloma salga en las tardes a comprar el pan, que Lizeth pasee, con la pinta y el estilo de Paris Hilton, al pequeño perro blanco de raza indefinida que recogió de la calle años atrás, y que Lulú, que es la más vanidosa, se quede en casa pintándose las uñas de los pies. Fuera del ghetto en el que se encuentran confinadas la situación no es la misma. Pasando ese radio de cuadras y tolerancia sus vidas corren peligro, dan asco y son demasiado diferentes para ser comprendidas. Simple y sencillamente no son aceptadas. Por eso están ahí, porque estando allí Paloma ya no es Milton, como la bautizaron sus padres medio siglo atrás en Armenia, su ciudad natal, y Lulú puede olvidar que alguna vez fue el Saúl que a los 14 años abandonó a su familia para refugiarse en las calles y ser una travesti . Estando dentro de los Mártires, Lizeth no tiene que pensar que su madre biológica todavía la llama Cristian, y Paula Andrea usa tranquilamente su nombre de reina de belleza, dejando al Jorge de su cédula escondido en alguna vieja cartera.

Las cuatro conviven desde hace dos años, desde el día en el que Lizeth cumplió 21 y se le complicó la vida en la casa de sus padres en Ciudad Kennedy, el lugar donde nació y creció, porque a ellos no les gustaba que usara prendas femeninas. Por medio de algunos conocidos logró encontrar morada junto a Paloma. Para ese momento Lulú apenas cumplía 19, pero ya había vivido dos años en las calles y tres en aquella casa. La que ha estado con la matriarca por más tiempo es Paula Andrea. A sus 24 años es muy celosa de su pasado, solo Paloma lo conoce. Lulú y Lizeth comentan que lo único que saben es que Paula Andrea llegó a Los Mártires proveniente Palestina, Caldas, hace siete años y que para ese momento ya era toda una mujer. 

En casa de Paloma todas se levantan después de medio día, cerca a las dos de la tarde, porque han estado trabajando toda la noche. En el cuarto de atrás duermen la dueña de la casa y Paula Andrea, en el delantero, que da contra la puerta de entrada a la vivienda y funciona como sala durante el día, se acomodan Lulú y Lizeth. Se cambian sin bañarse y se ponen cualquier cosa que les permita pasar la tarde, estar decentes para salir a hacer cualquier mandado y abrir el portón para, muy acomodadas en las camas que les funcionan como sofás, ver a la gente pasar y poder saludar a las amigas. Ahí están tranquilas, charlan como amigas y hablan de sexo, novelas y moda. El espacio es escaso y se ve más pequeño aun por el verde menta que carga las paredes y por los gastados afiches que las adornan. En un lado están Shakira, Valerie Dominguez y Natalia París, las bellezas en las que algún día esperan convertirse, y en el otro están Miguel Varoni y Rafael Novoa, los hombres que aspiran tener. Es difícil determinar si el olor a marihuana viene de adentro o de afuera, porque Lizeth disfruta de fumarse un porro todas las tardes, pero en las calles muchas otras hacen lo mismo. Todo se ve mezclado por el aroma a pollo del restaurante vecino y por la fuerte esencia floral que trae el mismo perfume barato que las cuatro mujeres comparten.

A medida que va cayendo el atardecer, los Mártires se va se va transformando y las hijas de Paloma también. Afuera, mientras más oscuro se va poniendo, el día el ambiente se vuelve más pesado, empieza a sonar un reggaetón que solo va aumentando en intensidad, circulan más carros y las mujeres aparentemente normales que habitaban las calles se convierten en amazonas entaconadas que muestran sus amplios escotes y van perdiendo prendas hasta quedar semidesnudas. Es la mejor manera de atraer clientes y mejorar el negocio. Adentro de la casa, Lizeth, Lulú y Paula Andrea experimentan un cambio similar. Paloma no se preocupa por arreglarse, porque no atenderá a nadie, pero con mirada atenta supervisa cada uno de los detalles de la evolución de “las niñas”. Lizeth, la más alta de las cuatro, alborota su pelo negro, se aplica un labial rojo escarlata, se mete dentro de un corto vestido negro y rellena, con delicados gestos, su brassier con papel higiénico del barato. Ella aún está ahorrando para hacerse la cirugía que le dé los senos que sueña tener. Frente al espejo que hay en el baño, Paula Andrea hace honor a su homónima, la reina Betancourt, y resalta su generoso busto con un sostén de lentejuelas, se maquilla dramáticamente y se coquetea a sí misma en el espejo. Por último, la pequeña Lulú se pone la pinta que dice le trae más suerte. Es sencilla, consta de un suéter blanco muy ceñido al cuerpo que resalta sus pechos, con cuello alto y mangas largas que le llega justo al punto final de su trasero. Así, sin nada más. Lo suficientemente recatada pero, a la vez, tan atrevida como necesite serlo. Lo complementa con altos tacones dorados y grandes pendientes a juego. Lulú se suelta su pelo largo, rubio y lacio, se retoca el rostro con algo de rubor y está lista para trabajar.

Las tres hermanas salen por la puerta, dispuestas a cumplir con su deber. A ganarse la vida, al igual que todas las noches, como prostitutas. A trabajar en algo en lo que quizás nunca soñaron, pero a lo que les tocó recurrir porque la sociedad no le ofrece muchas opciones a las travestis. Paloma las observa desde la comodidad de su casa, asegurándose que nada les pase y que estén trabajando y no perdiendo el tiempo, al fin y al cabo se lleva dos terceras partes de lo que las niñas se ganen. Ese es el trato, con eso se mantiene a sí misma y las mantiene a ellas. Lizeth y Paula Andrea se paran diagonal a su vivienda, cerca al puesto de pollo, con las manos en sus cinturas, mirando a cada hombre que pasa como si lo fueran a devorar. Lulú opta por hacer algo más. Camina de arriba abajo en el andén convirtiéndolo en una pasarela y actuando como toda una modelo. Con sus piernas cortas da pasos largos y firmes, haciendo mover sus caderas. Uno, dos, tres, cuatro y media vuelta. Lo hace una y otra vez, sonriéndole a su público y sacudiendo el cabello. “Esa fufurufa es la más pila, nada mas véanla como se menea” comenta Paloma entre carcajadas, sin poder ocultar el orgullo. Todo sea por obtener clientela.

Así pasa la noche, esta termina y el ciclo vuelve a iniciar. Pasarán días, meses y años en los que estas cuatro mujeres continuarán confinadas en el espacio de inclusión que encontraron en aquella localidad. Vivirán allí, siendo reinas y a la vez mártires. Paloma envejecerá más, pero seguirá cuidando a sus crías. Algún día Lizeth tendrá dinero para ponerse los senos y entonces más orgullosa paseará en las tardes con su perro. Paula Andrea conservará aquel desparpajo y esa lengua suelta, y Lulú continuará provocando y caminando con aquella sensualidad ambigua que solo ella puede tener, actuando como si los andenes fueran pasarelas, adentrándose en la noche y perdiéndose en ella.

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